crítica a nota "La nube: una nueva revolución tecnológica",
de Jorge Castro
de Fernando Wermus y Rafael Hacha
Crisis
mundial y revolución tecnológica
La
Computación en la Nube o Cloud Computing es un fenómeno que emerge
del desarrollo de Internet y las computadoras personales. Se trata de
que tanto software como hardware que usualmente deben ser adquiridos
como un producto ahora pueden ser obtenidos como un servicio. Este
avance tecnológico permite abaratar costos, tercerizando la
administración de los sistemas de computadoras, la manutención de
los sitios de las compañías, e inclusive emprender empresas
tecnológicas en Internet donde se tercericen todas las actividades
excepto el desarrollo del software del negocio específico. A raíz
de su potencialidad, este fenómeno es proyectado por algunos
intelectuales como “una nueva revolución tecnológica”
(Jorge
Castro en Clarín, 26/01/14)
a
través de la cual la crisis capitalista actual quedaría superada.
Sin
embargo, Martin Wolf, parafraseando a Robert Solow, Nobel 1987 en
economía, cuestiona esta idea con un chiste: “vemos tecnología de
la información en todos lados menos en las estadísticas de
productividad”. Y agrega: “después de un aumento alentador en la
década de 1990 y principios de 2000, el crecimiento ha disminuido
nuevamente”.
(Financial
Times 02/14). Ilustran la afirmación casos
como Facebook, Skype, Wikipedia, que constituyen servicios relevantes
al internauta que han modificado aspectos de la vida, como el acceso
a la cultura, las comunicaciones y los vínculos personales, por lo
que tienen un gran valor de uso. Sin embargo el usuario no estarían
dispuestos a pagar cifras significativas por ellos.
Muchas
empresas también colaboran con esta situación. La automotriz Ford
lanzó decenas de sitios en Internet (ej. Ford Social, Ford Mobile,
Micrositios) para relevar o sensar qué modificaciones o innovaciones
en los automóviles les gustaría a los clientes. Los científicos de
datos analizarían millones de accesos a los sitios de la compañía
y el equipo de marketing concluiría “razonablemente” cuáles
cambios serían llevados a la línea de producción. Las decisiones
estarían basadas en argumentos estadísticos
(Dataconomy.com
11/2014). Según Ford,
en parte esta estrategia le permitió salir de su crisis del 2006.
Entre las modificaciones están la puerta trasera eléctrica del Ford
Escape ó la señal de giro de tres parpadeos en el Ford Fiesta. Los
clientes obtuvieron los cambios que querían en sus autos y los
directivos de Ford maximizaron las ganancias y minimizaron la
inversión.
La aversión al riesgo capitalista de accionistas y directivos quedó
intacta, la innovación fue “razonable”. A la luz de las
“innovaciones” que propicio en Ford la Nube ¿se puede pensar en
una salida próxima a la crisis gracias de la mano de los avances
tecnológicos, tal como disertó Jorge Castro? Mejor contraejemplo
aún es el mayor proyecto de análisis de datos masivos o Big Data de
la humanidad: la Agencia Nacional de Seguridad Norteamericana (NSA)
que almacena todas los accesos a Internet de los ciudadanos del
mundo. Estamos más cerca de un Cloud Computing para hacer la guerra
que para salvar al capitalismo de las crisis. Proyectos tecnológicos
que representen saltos cualitativos productivos escasean.
¿Que pasa al interior del fenómeno de Cloud Computing?
Los
éxitos económicos alcanzados por la industria del software a través
de la Nube y Big Data ocultan la tendencia a la crisis de la
industria del hardware. Las investigación y desarrollo para la
producción y miniaturización
del hardware (que sigue la Ley
del Ingeniero Moore de Intel, ver
recuadro) implica inversiones formidables y empuja a esas compañías
a expandirse a nivel global para mantener la tasa de ganancia. La
expresión cotidiana de esta tendencia se manifiesta en el ritmo de
obsolescencia, que derrumba los precios de los viejos productos, cada
vez que hay un nuevo lanzamiento.
Mientras
la complejidad
de la producción de software se mantiene relativamente estable, la
de la industria del hardware es creciente. Esta dificultad por
mantener la innovación en la industria del hardware significa un
desafío económico para las empresas del sector.
Por
estos motivos, durante el transcurso de la primera década de este
siglo, las compañías tecnológicas norteamericanas vendieron sus
unidades de negocio de hardware a China. Las ventas de estas empresas
norteamericanas llegaron a su cúspide con un debate público por la
venta de la unidad de hardware de computadora personal de IBM a
Lenovo en 2005. Se preguntaban si estas ventas masivas representaban
una amenaza a la seguridad nacional (05/05/2015
USNI).
El traspaso se realizó. Procesadores y circuitos de la maquinaria
de guerra norteamericana ya se fabricaron en China. Queda en
evidencia que el mayor enemigo para Norteamérica es la tasa
decreciente de ganancia.
Pero
la crisis sólo cambió de hemisferio y se sigue desenvolviendo. La
alianza Samsung y Google llegó a su fin (Financial
Times 6/1/15).
Frente a la notoria caída de las ganancias
de Samsung que responde a lo antes explicado (Financial
Times 7/10/14),
esta compañía comenzó una desesperada carrera por reemplazar el
software en sus productos por uno propio, al que bautizó Tizen, de
manera de quedarse con la parte del negocio que antes correspondía a
Google y así revertir su situación. En India lanzó recientemente
celulares con este software propio
(Financial
Times, 14/01/15) y
también lo ha hecho mundialmente en su línea de smartwatchs,
relojes “inteligentes”, la nueva moda en dispositivos móviles.
La
industria tecnológica no es homogénea. Más aún, las tasas de
ganancia divergen, la del hardware se reduce y crece la del software.
Las compañías de hardware luchan por sobrevivir, mientras que sus
hermanas son las reinas del capitalismo productivo. Los riesgos, las
fusiones y las quiebras imponen un ritmo de producción de hardware
acelerado. Para cada nuevo procesador, una nueva aplicación de
software útil y vendible debe acompañarlo al mercado. Si este ritmo
se detuviera, la revolución digital se transformaría su antítesis:
la crisis. Las ganancias de la industria del software, cada vez que
los ciclos se completan, se vuelcan en parte al mercado financiero.
Los emprendimientos tecnológicos disruptivos que transformarían en
cadena decenas de industrias son pospuestos por la aversión al
riesgo.
La revolución traicionada: el caso de Google Driveless
Google
Driveless
es el proyecto de Google para que los autos se conduzcan por sí
solos, sin un chofer. El pasajero pedirá un auto a cierta hora en un
domicilio e indicará el destino por su celular. Requiere de
servicios en la Nube para que el auto se informe de la ruta a
recorrer desde su inicio a su destino, el estado del tránsito y el
horario de salida desde el garaje donde se encuentra estacionado.
También, procesadores de decenas de millones de transistores. El
proyecto ganó el desafío
DARPA en el 2006,
financiado por el Ministerio de Defensa, demostrando que el automóvil
autónomo es una realidad. Pero la producción comercial se viene
aplazando desde entonces.
La
compañía aspira a modificar el modelo de venta actual de la
industria del automóvil, a un modelo de negocio de alquiler. Las
consecuencias para la industria son un dominó de transformaciones
tecnológicas. Google modificó el modelo de compra e instalación de
programas que se usan en Internet, ahora pretende repetir la
experiencia en el mundo material: los autos. El nuevo modelo de
alquiler reduciría costos, aumentaría la eficiencia del tránsito,
el confort en el traslado, y las ganancias para Google, no para la
automotriz:
La
plena implementación de este proyecto enfrentaría la resistencia de
la industria del automóvil y de sindicatos como los del transporte.
Por estos motivos Google llegó a proponer la distribución de las
horas de trabajo (Mashable
7/7/2014).
Claro que no es el punto de vista socialista lo que la motiva a esa
propuesta: varias empresas tecnológicas del Silicon Valley, entre
ellas Google, realizaron acuerdos ilegales para poner un límite al
salario de los ingenieros y programadores (NYT
01/03/2014).
Además sus ingenieros trabajan mucho más de cuarenta horas
semanales. La llamativa propuesta tiene origen en que Google
encuentra demasiada resistencia para desarrollar su innovación y
quiere sumar a los trabajadores en su pelea por descoronar a las
automotrices.