La
próxima
“Noche
de los museos” en
la Ciudad de Buenos Aires
conmemora los
37
años de la
mayor quema de libros de la historia latinoamericana durante
la última
dictadura militar en una muestra fotográfica en la escuela
Mariano
Acosta de
la Ciudad de Buenos Aires el
próximo
29 de octubre. La exposición contiene fotos inéditas de la
desaparición de bibliografía considerada subversiva entonces,
y
publicada por una única editorial. La
colección sólo ha recorrido algunas escuelas de Avellaneda y la
comunidad de exiliados Argentinos en México.
“Un
libro debe valer menos que un kilo de pan”
fue
el lema del propietario de la editorial, Boris Spivakow. El
Centro Editor de América Latina (CEAL)
sufrió la destrucción de dos toneladas y media de su material. Una
medida superior en peso físico y cultural, que el regalo de dos
toneladas de frutas y verduras en Plaza de Mayo por agricultores
quebrados el 14 de setiembre último. Hoy la Argentina se debate
entre el
hambre
y la
quiebra.
“Un
libro debe valer menos que un kilo de pan”
fue
una
declaración
de principios.
La
opinión de Boris
Spivakow, argentino
e hijo
de revolucionarios rusos, era
que el
libro era
una necesidad básica. El
editor perseguía
la
mayor cantidad de impresiones por
sobre
lucro de
su
empresa editorial.
Había creado
su propio
Ministerio,
con política pública propia, en
época del terrorismo de Estado.
Hoy
la
Argentina se debate entre
un kilo de carne animal
y
una vida. Los
tiempos cambiaron.
Los
libros que no se vendían se reciclaban. Los despojos de papel en
blanco de una impresión eran también reciclados en
libros de bolsillo. Innovador
y ambientalista. Sus
críticos destacaban
la baja
calidad.
Tapas
mal pegadas, baja calidad del papel y algunas con errores evidentes.
Aunque Spivakow era un atento lector, corrector y conocía bien el
castellano, nunca leía los libros que publicaba. Prefería no
hacerlo. Dejó de leerlos para que otros pudieran leer. Si los
hubiera leído con espíritu bibliotecario, nunca hubieran dado a
luz. Cultura
sin profiláctico. Los
autores aceptaban los modestos derechos que les ofrecía el Centro
Editor. A cambio, la editorial les aseguraba una difusión que nadie
podía dar. “La
editorial paga un salario sin fines de lucro”,
testimonian
los
escritores Ismael y David Viñas, Noé Jitrik, Josefina Ludmer en
“Un
golpe a los libros: represión a la cultura durante la última
dictadura militar”.
Otras
requisas y quemas de libros persiguieron ejemplaridad moral en
los primeros años de la dictadura.
Sin embargo, la denominada “quema de Sarandí” fue administrativa
y silenciosa. Los libros fueron encontrados por accidente por una
inspección municipal y notificado a la justicia de La Plata.
Los primeros detenidos fueron los empleados del depósito, en total
14 personas. Uno
tras otro.
Pero,
el director no se presentaba
ante la justicia por el
miedo a la desaparición, por recomendación de su abogado. Spivakow
no resistió los consejos legales. “Si
en el Centro hay una ideología o lo que fuere, el responsable soy
yo, no son los empleados”,
le contestó. Él
y
su
familia
se dirigieron
junto al administrador de la editorial a los tribunales federales de
La Plata. Durante
el viaje Spivakow padre le preguntó a su hijo: “Escuchame
una cosa, Miguelito, vos que sos médico si me torturan… yo ¿Qué
puedo decir… que tengo alguna enfermedad? ¿Qué les digo que estoy
enfermo del corazón, que tengo diabetes?”.
Intentó
decirlo como quitándole importancia.
Boris Spivakow llevaba una valija con ropa y comida.
Creían
que iba a quedar preso. Los
nervios se comprimieron.
Camino
a Avellaneda, el administrador se bajó del tren.
La
familia siguió hasta Banfield donde los esperaban los abogados y en
La Plata se presentó Boris Spivakow ante el tribunal federal. El
juez del ejército retirado de La Serna inició un juicio por la ley
antisubversiva, pero lo dejó libre junto a sus empleados ¿Un
golpe de suerte?
Pero,
la vida de Spivakow era la impresión. La publicación de libros eran
sus nutrientes, como el agua y el sol para los árboles. El Centro
Editor quebraría si la editorial continuaba cerrada. El último día
del año antes de las ferias, Spivakow y su abogado se presentaron
voluntariamente frente al juez militar. Le propusieron separar los
libros objetables. De La Serna aceptó. Tiempo después absolvería a
Boris Spivakow ¿Quién
era este editor?
Imaginemos
los libros que ardieron aquel otoño de 1980. No
hay una lista. Supongamos
que muchos de los títulos quemados están hoy en las bibliotecas de
organizaciones políticas: Madres de Plaza de Mayo (MPM), el
Partido Obrero (PO), la de la Central General de Trabajadores(CGT).
Estas
bibliotecas
cuentan con decenas de libros del Centro Editor. Madres
alberga arriba
de cien títulos: “El
Tucumanazo”
de
Emilio Crenzel, “La
revolución China”
de
Vazeilles. La biblioteca del PO cuenta con más de 50 títulos.
Contiene, entre otros, la colección de “La
historia del movimiento obrero”,
“Apoyo
Empresarial en los orígenes del Peronismo”
de
Torcuato Di Tella y la reedición en democracia de la colección
“Política
Argentina”.
Pero,
también ardieron libros de cultura general. Mucho miedo.
Las
bibliotecas de las fuerzas armadas no escaparon de las garras del
Centro Editor. Aunque los títulos que sobreviven allí son
políticamente liberales, técnicos, ascéticos
para el capitalismo.
La
biblioteca General Manuel Nicolás Savio del Instituto Universitario
del Ejército tiene títulos del Centro Editor: clásicos como “El
Príncipe”
de
Maquiavelo y
liberales como “Economìa
polìtica clásica”
de
Adam Smith. Otros
como “Literatura
y sociedad”,
de
George Lucas. Los
libros del Centro Editor están en
la
Red de Bibliotecas de las Fuerzas Armadas (Re.Fi.Ba). Inclusive,
José Luis de Imaz, sobrino del Ministro de Interior de Onganía,
publicó en la editorial EUDEBA, también creada por Boris Spivakow y
cerrada por Onganía, un libro sobre las familias ricas y patricias
del país. La lectura en el país quedó signada por la
editorial ¿El
juez De La Serna habría leído títulos publicados por la editorial
antes de procesar a Spivakow?
La
quema sucedió un año después de la intervención del juez.
Gendarmes cargaron un millón y medio de ejemplares en dos camiones
que pasaron por la empresa Sasetru en Avellaneda para
ser pesados.
Bajaron el
material
en un terreno baldío en Sarandí y los
incendieron.
Pero, resistían en
quemarse, tenían
vida. Los gendarmes desearon
no estar ahí, salieron a pedir plata a los vecinos y a
los
testigos de la editorial. La
editora Delia Maunás, quien escribiría “Memoria
de un sueño argentino”
después,
y el
fotógrafo
Ricardo Figueiras, quien documentó la escena, se
fueron
antes que colaborar con la destrucción de las
obras.
Ardieron por dos días.
La
aspiración máxima
de
los hombres es permanecer, en la Cultura,
más allá de su resistencia física, por
sobre encima
del lucro personal.
Spivakow lo consiguió a través del viejo soporte de
papel. Él resistió con las armas de la Cultura,
la dictadura que le quemó un millón y medio de ejemplares. Volvió
a publicar algunos títulos políticos
quemados
con la llegada de la democracia. El
Centro Editor imprimió desde su fundación antes de la dictadura de
Onganía en 1964 y hasta un año después de su muerte en 1994.
Imprimieron más de seis mil títulos con millones de libros
impresos.
La Biblioteca Nacional recuperó y ordenó los títulos del Centro
Editor en el proyecto denominado Alejandría donde
se publicó el libro “Catalago del Centro Editor”, con
innumerables testimonios y reseña de títulos.
Consagró
en
un acto,
también,
con
el nombre Boris Spivakow a la plaza en la que se asienta bajo
la Biblioteca Nacional ¿Cuáles
serían
sus palabras sobre Internet, invento de las fuerzas militares
norteamericanas y consagración del conocimiento universal
(Wikipedia)?
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